Típica mañana invernal. Arranca la primer calefacción de la temporada y aun así, un duro despegue de la cama, por supuesto, después de varios: posponer-descartar. POSPONER!
Ducha, desayuno y la difícil elección del "que me pongo medianamente aceptable para moverme por las calles porteñas". Por último, y no por eso menos importante, viene el cambio diario de cartera al tono. En pleno proceso de traspaso, de una a otra, va: mi práctica y poco femenina billetera mágica, chicles, plata, llaves, y ahí, asomándose vivita y campante, veo:
La tarjeta de crédito,
Suelta, en el fondo del bolsillo interno (como es habitual).
Un segundo de duda que me salvó la vida.
La dejé en casa.
Gracias a esa milésima de segundo de lucidez vespertina, hoy sólo compré: una aguja de crochet $8,50.- y una cebolla en la verdulería $0,50.- (sale tortilla). Total $9.-
En todo el recorrido a casa y en todas las oportunidades que se me presentaron: revisé la cartera - bolsillos y fondo, bolsillos y fondo -, "a ver si la encuentro", pero cada vez, tuve que abandonar a regañadientes: aceite de eucaliptus para el hornito $125.- (L´occitane), almohadón con forma de rosa $120.- (deco-bazar amigo) y unas cómodas almohadas ultra necesarias (Palacios) ((precio desconocido)).-
Quién sabe si uno de estos días, sin querer, sucumbo?
Pero no importa, hoy zafé.
(Sí... es un ejercicio de todos los días)